
Con la guerra ya perdida, con las fuerzas aliadas que, desde Normandía, avanzaban hacia Berlín mientras reconquistaban los territorios ocupados por los nazis entre 1939 y 1943, fracasada la ofensiva en las Ardenas, el último intento alemán por recuperar la iniciativa en los campos de batalla; con el Ejército Rojo que empujaba desde el Este como una tromba y amenazaba ya los aledaños de la capital del Reich, sumergido en las profundidades de su bunker en la Cancillería, adonde había entrado en enero y de donde ya no saldría vivo; con el país en colapso por una economía arrasada por los esfuerzos de guerra y sin capacidad ya para seguir con la producción de armas y municiones, al borde del abismo, Adolf Hitler planeó destruir Alemania.
No era una destrucción simbólica, alegórica: era una destrucción física. Hitler no quería que quedara ladrillo sobre ladrillo en aquella tierra que había proclamado salvar, para guiarla hacia el dominio mundial y sostenido por la superioridad racial. Su delirio había virado hacia el despecho: Alemania le había fallado a él, al Führer; el pueblo alemán había demostrado debilidad en la lucha, desmayo ante el sacrificio, cobardía frente al enemigo, desaliento frente a la adversidad. Por lo tanto, sólo sobrevivirían en esa tierra los seres inferiores.
El 19 de marzo de 1945, Hitler firmó un decreto, “Medidas destructivas en el territorio del Reich” que fue bautizado como el “Decreto Nerón”, en alusión al emperador romano que había incendiado Roma guiado por su afán de reconstruirla y su idiotismo. El decreto de Hitler no pretendía reconstrucción alguna, sino evitar que la riqueza alemana, sus industrias y lo que quedaba del esfuerzo de guerra, cayeran en manos del enemigo.

Además de despreciar al sufrido pueblo alemán que había perdido a millones de sus hijos a lo largo de casi seis años de guerra y padecía la destrucción de sus ciudades a mano de los bombardeos aliados, Hitler cavilaba algo más y en la misma dirección delirante. Había decidido ya que no cedería en la derrota, que no aceptaría la rendición incondicional que exigían los aliados: antes, prefería el suicidio. Y eso era terrible para Alemania, porque se consideraba indispensable: “Si algo me pasara –dijo a una de sus secretarias– Alemania estaría perdida porque no tengo sucesor: Hess (Rudolf) se ha vuelto loco, Göring (Hermann) ha dilapidado las simpatías del pueblo y a Himmler (Heinrich) le rechaza el partido”.
La megalomanía de Hitler estaba alimentada, si hacía falta alimentarla, por el fanatismo del ministro de propaganda del Reich, Joseph Goebbels. Era el más fiel devoto del Führer, lo había sido a lo largo de veinte años, y repetía a quien quisiera escucharlo: “Si alguien puede dominar la crisis, ese alguien es él. No se puede encontrar a nadie que se le pueda comparar”. Goebbels también sabía que la guerra estaba perdida y también había pensado en el suicidio, en el de él, en el de su mujer Magda, y en el asesinato previo de sus seis pequeños hijos. Escribió: “Si no se puede vencer en la lucha, hay que preservar al menos el honor”. Goebbels se había entusiasmado con la vida de Federico El Grande escrita por Thomas Carlyle, un texto que glorificaba al rey prusiano, de decisiones implacables cuando se vio acosado en la Guerra de los Siete Años, en 1756. Le había regalado un ejemplar de aquella biografía a un conmovido Hitler, que había hecho colgar un gran retrato del monarca en su habitación del bunker de la Cancillería. Hitler creía que, como a Federico, a Hitler, a él le aguardaba un gran lugar en la historia.

Los rumores sobre la decisión de Hitler de dejar tierra arrasada a los aliados que se dirigían a Berlín por el Este y el Oeste, llegó a oídos de Albert Speer, el arquitecto del nazismo a quien Hitler respetaba, incluso reverenciaba, porque pensaba que le debía en buena parte su carrera y su acceso al poder. Speer también sabía que la guerra estaba perdida. Era un hombre astuto y ambicioso. Sobrevivió al nazismo y logró ocultar sus años al servicio de Hitler bajo una máscara de profesional de la arquitectura: también fue el encargado de armamentos y suministros de guerra del Reich y el responsable del trabajo esclavo de miles de prisioneros de guerra que sostuvieron la industria alemana de guerra.
La idea de Hitler de quemar Alemania inquietó bastante a Speer: pensaba lo contrario del Führer. Creía, y con razón, que era prioritario salvar la base económica del país, ya deteriorada; no tenía interés alguno en ver a Alemania hundirse en un remolino de destrucción sólo para que Hitler viera satisfecha su irracionalidad y su espíritu de sacrificio, para pasar a la historia como un moderno Federico el Grande. Probablemente también, el astuto Speer miraba hacia el futuro y acaso guardaba la esperanza de ocupar un lugar de importancia en una Alemania sin Hitler.

El 18 de marzo de 1945 envió un duro informe al Führer. Lo puso en manos de Nicolás von Below, un joven oficial de la Lutwaffe, edecán de Hitler, que sentía debilidad por él y por su mujer, María von Below, ambos invitados habituales a las cenas en el bunker. El mensaje de Speer a Hitler era crudelísimo. Hablaba del colapso definitivo de la economía alemana a la que le quedaban entre cuatro y ocho semanas de vida útil: luego de ese plazo, no se podía seguir con la guerra. Había que hacer todo lo posible por salvar a la población civil, sugería Speer, y afirmaba que volar puentes, destruir la infraestructura de transporte implicaría “la eliminación de cualquier posibilidad de existencia posterior para el pueblo alemán (…) “No tenemos ningún derecho a emprender en esta etapa de la guerra una destrucción que podría afectar a la existencia del pueblo (…) Tenemos el deber de dejarle al pueblo todos los medios posibles para que pueda emprender la reconstrucción en el futuro”.
Hitler pensaba exactamente lo contrario. Llamó a Speer, un encuentro que el arquitecto del nazismo recordó durante el juicio de Núremberg. El testimonio de Speer en Núremberg debe ser tomado con pinzas, porque la memoria de Speer ante el tribunal que juzgaba a los jerarcas del nazismo era muy selectiva y arbitraria: por ejemplo, dijo no saber nada del Holocausto, afirmación que se demostró años después era falsa. Sobre aquel encuentro suyo con Hitler dijo que el Führer le había explicado con toda frialdad que si Alemania perdía la guerra, también se perdería el pueblo alemán; no había ninguna necesidad de tener en cuenta ni siquiera la base de su supervivencia más primitiva. El pueblo alemán había demostrado ser más débil en la lucha y quienes sobrevivieran a la guerra serían los alemanes inferiores.
Hitler, que le había prometido a Speer una respuesta escrita a su informe, no lo hizo esperar demasiado. Llegó al día siguiente y era todo lo contrario a lo que impulsaba Speer. Según Hitler, no se podía permitir que las instalaciones militares permanecieran intactas, o al menos útiles todavía, y las que sostenían aún la producción industrial, cayeran en manos del enemigo. Era el “Decreto Nerón”. Hitler lo firmó el 19 de marzo bajo el título “Medidas destructivas en el territorio del Reich”. El documento decía:
“La lucha por la existencia de nuestro pueblo –a Hitler le interesaba nada ‘nuestro pueblo’– obliga a utilizar, también dentro del territorio del Reich, todos los medios que puedan debilitar la capacidad de combate del enemigo y sus avances. Se deben aprovechar todas las posibilidades de causar daños perdurables, directa o indirectamente, a la capacidad de ataque del enemigo”.

Esto último era una ilusión. El enemigo del Reich, las fuerzas aliadas estadounidenses, británicas, canadienses, francesas y polacas por el Oeste, y el Ejército Rojo por el Este, exhibían una capacidad de ataque demoledora, irrefrenable. Más que temer por el daño que Alemania pudiera causar a los aliados, los aliados decidían por esos días si debían permitir o no que fuesen las tropas soviéticas las que entraran a Berlín, como ocurrió, para furia del general George Patton. Sigue el decreto de Hitler:
“Es un error creer que el transporte, las comunicaciones, las instalaciones industriales y de suministros no destruidas o solo temporalmente dañadas, se pueden volver a hacer operativas para nuestros propósitos una vez reconquistados los territorios perdidos. El enemigo no nos dejará más que tierra calcinada cuando se retire y no tendrá consideración alguna con la población. En consecuencia ordeno: 1) Deben ser destruidas dentro del territorio del Reich todas las instalaciones de transporte, comunicaciones, industriales y de suministros, así como los valores materiales que el enemigo pueda llegar a utilizar inmediatamente o en un futuro previsible. 2) Los responsables de que esa destrucción se efectúa son las autoridades militares que estén al mando en todo lo tocante a la esfera militar, incluidas las instalaciones del transporte y comunicaciones; los Gauleiter (los líderes regionales de alto rango en el partido nazi) y comisarios de defensa del Reich, en el caso de las instalaciones industriales y de suministros y otros valores materiales. Las tropas han de proporcionar la ayuda necesaria a los Gauleiter y a los comisarios de defensa del Reich en la realización de su tarea”.
El decreto jamás se cumplió. Speer se encargó de que fuese así. No era la primera vez que Hitler impulsaba la destrucción total de una ciudadela que no podía conquistar o mantener bajo su imperio. Su idea de destruir París fue desobedecida por el general Dietrich von Choltitz y Speer había impedido también en agosto de 1944, que Alemania destruyera la industria francesa. Días antes de que Hitler firmara su neroniano decreto, Speer había convencido al alto mando alemán en Silesia, al mariscal de campo Walter Model en la cuenca del Ruhr, a punto de ser ocupada por los aliados, y al coronel general Heinz Guderian que siempre que pudieran evitarlo, no destruyeran las fábricas, las minas, los ferrocarriles, las carreteras, los puentes, las instalaciones de agua, gas y electricidad y el resto de las instalaciones vitales para la economía alemana.

Para eludir cumplir con el decreto de Hitler, Speer tenía unos aliados de acero, nunca mejor dicho: los industriales alemanes, que habían contribuido al sensacional esfuerzo de guerra del nazismo, querían ahora salvar lo salvable de cara a un futuro de reconstrucción, duro, pero de reconstrucción. Fue Speer quien convenció a varios Gauleiter deseosos de cumplir las órdenes de Hitler que aquella era una decisión inútil y dañosa. Tuvo en el mariscal Model a un aliado de oro.
Luego se dio un juego extraño y diabólico, una especie de danza sombría de entendidos y sobrentendidos entre aquellos derrotados. A finales de marzo, Speer había convencido a Hitler, después de muchos y duros esfuerzos, para que pusiera en sus manos la responsabilidad general de cumplir las medidas de destrucción contenidas en su terrible decreto. Hitler cedió, a sabiendas ya de que Speer había “saboteado” sus órdenes. Las decisiones clave dejaron entonces de estar en manos de los Gauleiter, los principales representantes de Hitler en las regiones alemanas, Hitler supo entonces que Speer haría todo lo posible para evitar la destrucción que él había ordenado y Speer debe haber entendido que Hitler sabía que él iba a desobedecerlo.
El incumplimiento del decreto de Hitler de “tierra arrasada” fue el primero de los signos que evidenciaron el eclipse de la autoridad del Führer. El primero en notarlo fue Goebbels: “Estamos dando órdenes en Berlín que no llegan en realidad adonde tienen que llegar y que, por supuesto, no se cumplen. Veo en eso el peligro de una disminución extraordinaria de la autoridad”.

El 29 de marzo Speer escribió otra carta a Hitler en la que le recordaba su encuentro del 18, en el que el Führer le había dicho que, si se perdía la guerra, se perdería también Alemania, y que el pueblo alemán no merecía sobrevivir porque había sido débil. “Al oír esas palabras –dice Speer en su carta– quedé profundamente conmocionado (…) Hasta entonces, había creído de todo corazón en una conclusión exitosa para esta guerra (…) Sin embargo, ya no puedo creer en el éxito de nuestra noble causa si, durante estos meses decisivos, destruimos de forma simultánea y sistemática los cimientos de nuestra vida nacional. Sería una injusticia tan grande contra nuestro pueblo que el destino ya no podría estar de nuestro lado (…)”.
Después de la guerra, Speer, que desarrolló toda una estrategia para ser considerado por los vencedores como “el nazi bueno”, reveló que el 22 de abril, ocho días antes del suicidio de Hitler, mantuvo una charla con él en el bunker de la Cancillería, cuando las tropas soviéticas ya asediaban la periferia del edificio. Dijo que admitió ante Hitler haberlo desobedecido, que Hitler se enojó mucho, pero que igual le permitió marcharse del bunker. Algunos historiadores creen que eso fue una invención de Speer y que ese encuentro nunca ocurrió.
Hitler se suicidó el 30 de abril de 1945, cuarenta y dos días después de su “Decreto Nerón”. En su testamento, dejó fuera a Speer de su ilusorio gobierno de sucesión. El 7 de mayo, el general Alfred Jodl y el mariscal Wilhelm Keitel firmaron la rendición incondicional de Alemania. Speer fue arrestado el 23 de mayo por orden del general Dwight Eisenhower, comandante supremo de las fuerzas aliadas, junto con el gobierno que sucedió a Hitler y que encabezaba el gran almirante Karl Dönitz.
Encarcelado en los calabozos del Palacio de Justicia de Núremberg, Speer fue acusado de cuatro cargos: conspirar para provocar crímenes contra la paz, planear, iniciar y librar una guerra de agresión, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, por emplear prisioneros de guerra y trabajadores extranjeros en la industria alemana de guerra. Fue declarado culpable de crímenes de guerra y de lesa humanidad y absuelto de los otros dos cargos. Había afirmado bajo juramento no conocer los planes de exterminio nazis, lo que lo salvó de morir en la horca, pero una carta privada escrita en 1971 y revelada recién en 2007 demostró que aquella afirmación era falsa.
Murió en Londres el 1 de septiembre de 1981, a los setenta y seis años.
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