
Operó de corazón al mundo. Y lo dio vuelta todo. Eso es lo que hizo, hace cincuenta y cuatro años Christiaan Barnard, un cirujano sudafricano que el 3 de diciembre de 1967, por primera vez en el mundo, implantó el corazón de un ser humano en el cuerpo de otro. Con eso revolucionó la medicina, le abrió un campo amplísimo a la cirugía del corazón, echó las raíces esenciales para la prolongación de la vida, cambió el concepto de muerte que ya no llegó cuando tu corazón dejaba de latir, sino cuando tu cerebro dejaba de funcionar, abrió el camino a la donación de órganos, echó abajo los tabúes que hablaban de las diferencias entre el varón y la mujer porque el primer corazón implantado fue el de una mujer en el cuerpo de un hombre; y en un país como Sudáfrica, dominado por el apartheid, en el que tres millones de blancos dictaban las leyes y dominaban a veintiocho millones de negros, Barnard le dio un cachetazo al racismo: su segundo trasplante de corazón, el de un donante negro, fue a parar al pecho de un blanco.
Barnard también dio vuelta a la poesía y a cierto romanticismo eterno desde que Egeo le dio su nombre al mar. El corazón, cuna del amor, la pasión, la generosidad, la tristeza, la nostalgia, la emoción y los recuerdos queridos, nunca volvió a ser lo que fue: ahora era un músculo más, un motorcito reparable y, cuando no, descartable y pasible de ser reemplazado por otro.
Todo eso hizo Barnard cuanto tomó entre sus manos el corazón de Dénise Darvall, una muchacha oficinista de veinticinco años que había muerto junto a su madre, atropelladas ambas por un auto, y lo implantó en el pecho de Louis Washkansky, un robusto comerciante de cincuenta y seis años, condenado a muerte por un drama cardíaco irreversible y una diabetes aguda y amenazante: “Fue un momento de mucha emoción. La sentí muy hondo cuando le saqué el corazón a la joven donante y pensé que era un corazón humano”, recordó muchos años después en una de sus visitas a la Argentina.

Cuando Washkansky despertó, declaró que se sentía mucho mejor con su nuevo corazón ajeno. Pero dieciocho días después, murió por una neumonía derivada de los inmunosupresores que le administraron para evitar el rechazo. Tal vez usted lea esta anota en la pantalla de una computadora: eche un vistazo a su alrededor; casi todo lo que lo conecta con el mundo exterior, aún con el mundo íntimo; casi todo lo que lo ilumina, lo que escucha, lo que suena, parpadea, cocina, lava o refrigera, no existía en 1967 tal como hoy. El mundo era de los pioneros. La química destinada a evitar el rechazo de órganos estaba casi en pañales; la asepsia era precaria; los instrumentos quirúrgicos no tenían la precisión microscópica de hoy. Y Barnard había dado un gran paso para la Humanidad, tal como haría dos años después Neil Armstrong al pisar la Luna, a riesgo de naufragar en el pantano de la fatalidad.
Pese a la muerte de Washkansky, el 2 de enero de 1968, apenas doce días después, Barnard volvió a tomar en sus manos un corazón humano, el de Clive Haupt, un joven negro de 24 años, tumbado para siempre por un derrame cerebral, y lo colocó en el pecho del odontólogo sudafricano Philip Blaiberg, de cincuenta y ocho años, a quien los médicos habían desahuciado por una lesión cardíaca irreversible. Blaiberg vivió con el corazón de Haupt poco más de un año y medio.
Para entonces, pacientes y cirujano habían entrado ya en la historia. Y Bernard se asomaba a la fama mundial sin saber, sin pensarlo siquiera, que así como él había cambiado al mundo con su audacia, esa fama iba a dar vuelta su propio mundo también para siempre.
¿Quién era este osado cirujano de cuarenta y cinco años que había sacudido al mundo desde un país remoto y recóndito? Barnard nació el 8 de noviembre de 1922 en Beaufort West, hijo de un misionero de la Iglesia Reformada de Holanda, que tenía un salario ínfimo de veinte libras por mes, y de una madre exigente que fraguó en parte su personalidad. Los Barnard no cultivaban la abundancia, pero sí querían que sus cuatro hijos fuesen estudiantes y de los buenos. Uno de ellos no pudo: murió a los cinco años por una enfermedad cardíaca y es probable que Christiaan haya decidido ser médico y cardiólogo frente a la tragedia de su hermanito. En 1946, a los veinticuatro años se licenció en medicina en la Universidad de Ciudad del Cabo y trabajó como médico de pueblo en una pequeña aldea de la Sudáfrica profunda. Pero volvió a la Universidad para especializarse en males congénitos y enfermedades intestinales.

No se planteó ser cirujano, ni supo de su extraordinaria habilidad manual hasta 1955, cuando obtuvo una beca para estudiar cirugía general en la Universidad de Minnesota, en Estados Unidos. Trabajó de cualquier cosa, cortó césped, lavó coches y platos, para mantenerse y ser testigo de una nueva técnica quirúrgica en desarrollo: las operaciones a corazón abierto. Se puso entonces bajo el ala del prestigioso especialista Owen H. Wangesteen, y fue bien recibido, que le reveló los misterios de la ciencia cardiovascular. Otro médico prestigioso, el cirujano Norman Shumway lo metió de lleno en la técnica de los trasplantes de corazón, hasta entonces practicado en animales, en especial en perros. A su regreso a Sudáfrica, ya con la idea de ser un cirujano prestigioso en su país, Barnard fue nombrado Jefe de Cirugía Torácica en el hospital Groote Schuur, donde había sido practicante.
Armó un equipo de treinta profesionales entre los que figuraba su hermano menor, Marius, que participaron, todos, de la operación de cinco horas que le había dado un nuevo corazón a Washkansky. Su breve sobrevida había angustiado a Barnard: “Nunca me sentí más solo como la mañana en la que murió Washkansky”, confesó años después. En el caso del trasplante a Blaiberg, que sobrevivió un año y medio, los médicos del equipo Barnard habían reducido la dosis de inmunodepresores que habían administrado a Washkansky, lo que parecía dejar en claro que trabajaban de alguna manera en base al ensayo y error. Con los años, y con los avances científicos y técnicos, los cirujanos consiguieron supervivencias más prolongadas en sus pacientes.
Los trasplantes de órganos no eran ni misterio ni novedad en la época. No se hablaba mucho de ellos, eso era todo. Pero en 1936 ya se había practicado el primer trasplante renal, y el cirujano James Hardy, en 1953, había hecho el primer trasplante de pulmón en un paciente de cáncer que murió a los dieciocho días. Al año siguiente Joseph Murray logró trasplantar con éxito los riñones de dos hermanos gemelos y en 1967 el mismo Murray había practicado el primer triple trasplante del mundo: riñón, páncreas y duodeno.

El gran mérito de Barnard había sido la audacia, ser el primer adelantado, quebrar la barrera de la cautela, quién sabe si de la precaución, y pasar del ensayo en animales a la experiencia del trasplante de corazón en humanos. No era un mérito libre de reproches. A los halagos y a la esperanzada sorpresa de gran parte del mundo científico, se le unían críticas furiosas: decían que Barnard sólo buscaba fama, notoriedad, prestigio; que había robado el método de otros cirujanos; que había sido irresponsable o al menos temerario al ofrecer a los pacientes una certeza de éxito que él mismo no tenía; que había pasado por alto la posibilidad del rechazo del órgano, lo que le daba a su ensayo altas probabilidades de fracaso. Pero finalmente triunfó la ilusión: el trasplante de corazón había dado esperanza a millones de personas.
A favor de Barnard estaba la otra parte de la biblioteca científica. Quienes lo admiraban, celebraban que hubiese dado el salto de la experimentación a la práctica, lo mismo que otros criticaban desde con una mirada opuesta; y que por fin hubiese puesto fin a un antiguo debate sobre la muerte cerebral. Durante los años que siguieron, los médicos de todo el mundo copiaron el método Barnard, aunque la alta tasa de mortandad hizo que los trasplantes de corazón quedaran suspendidos y hasta cuestionados.
Visitó muchas veces la Argentina y siempre se reunió con el doctor René Favaloro, a quien reconocía como una eminencia. Barnard afirmaba que la técnica del by pass inventada por Favaloro había salvado muchas más vidas que los trasplantes. Todavía salva vidas. En una de sus visitas al país, en 1987, quienes estrecharon la mano de Barnard comprobaron la maestría de Dios de la que habló Jorge Luis Borges en su “Poema de los dones”. Si a Borges, “con magnifica ironía” Dios le había dado a la vez los libros y la noche, a Barnard le había agarrotado los dedos con una artritis reumatoide que lo había retirado para siempre de los quirófanos.

La fama, ese veneno que parece superficial e inofensivo, lo arrojó de panza al mar de una vida nueva y desconocida. Se convirtió en un play boy, al decir de aquella época. El hombre que había sanado corazones, los rompía ahora fuera de los quirófanos; el hijo del severo pastor de la Iglesia Reformada y de aquella madre exigente, arrojó todo tan, pero tan lejos, que ya no pudo volver a recogerlo. Era un tipo buen mozo, de hundidos, y también profundos, ojos celestes, con una sonrisa de chico travieso metida en la cara de un cirujano que ponía y sacaba corazones. Como siempre sucede con alguien a quien lo alcanza la fama, empezó a perseguirla para que no lo dejara al costado del camino.
En 1970 se separó de su mujer, Aletta Gertruida Louw con quien llevaba casado dos décadas cuando el primer trasplante a Washkansky. Con ella tuvo dos hijos, André y Dreide. André, un pediatra de 31 años, se suicidó con una sobredosis de heroína en 1984, catorce años después del divorcio de sus padres y a causa de eso, según el diagnóstico de su psiquiatra y del propio Barnard. Se casó enseguida con Bárbara Zoellner, que en 1970 tenía diecinueve años, la edad del hijo mayor de Barnard. La muchacha era hija del multimillonario alemán Frederick Zoellner, conocido como “El rey del acero” y arraigado en Johannesburgo. La pareja tuvo dos hijos: Frederick, un homenaje al abuelo, en 1972 y Christian Jr, que nació en 1974. El matrimonio duró doce años, más de lo que los más escépticos preveían: se divorciaron en 1982. Barnard intentó rehacer su vida junto a la modelo Evelyn Entleder, de veinticuatro años, que lo abandonó. La impresión era que aquel médico exitoso, no quería reincidir en el matrimonio. Pero en 1988 a sus sesenta y seis años, se casó con una joven modelo austríaca, Karin Stetzkorn, cuarenta y un años más joven que él: tuvieron dos hijos, Amín, que nació en 1989 y Lara, que nació en 1997. Ella también terminó por abandonarlo. Esas cosas, pasan.
Tres matrimonios, seis hijos y, en el medio, unas correrías de las que la prensa dejaba testimonio, porque el gran cirujano había dejado de lado también la discreción. En su libro autobiográfico “The second life – La segunda vida”, publicado en 1993, Barnard confesó haber andado en amores con la actriz italiana Gina Lollobrigida, y en algunos escarceos, también amorosos, con Sofía Loren. Esas cosas no se cuentan por más que seas Barnard, pero él las contó. Y dijo que Lollobrigida siempre le pareció una pequeña colegiala. Vamos a ver, los ojos profundos y celestes de una eminencia de la cirugía bien pueden detectar el diminuto punto de sutura que haga al éxito de un trasplante cardíaco y, sin embargo, padecer de cierta miopía al hablar de amores. Si de algo Gina Lollobrigida jamás dio imagen, es de pequeña colegiala, para qué nos vamos a engañar. Pero así es como la vio Barnard en aquellos años de torbellino en los que bailó con Grace Kelly y caminó por la alfombra roja del Festival de Cannes. El mundo estaba a sus pies.

También contó en sus memorias, además de hablar de su fantástica trayectoria profesional, sus affaires, otro término amplio y ambiguo de la época en el que todo cabe, con diferentes famosas de distintos ámbitos: desde una Miss Sudáfrica que quedó en el anonimato, hasta algunas figuras de la nobleza europea que sucumbieron al encanto de Barnard que, además de charlista brillante, ponía en práctica diversas estrategias de conquista, siempre exitosas.
Su conducta, su pasión desenfrenada por impedir que la fama lo plantara en mitad del camino, cayó peor que su supuesta imprudencia de largarse a trasplantar corazones humanos sin certeza del éxito completo. Un médico de su equipo de cirujanos sudafricanos dijo una vez con tristeza: “Chris era un cirujano brillante y una buena persona. Renunció a las dos cosas cuando se entregó a la copa venenosa de la autopromoción”.
Lo cierto es que Barnard padecía de artritis desde 1956, una tragedia para un cirujano, que le impidió seguir adelante con su profesión. Se dedicó entonces a coordinar equipos de cirugía, a manejar su enorme granja de ovejas cercana a Ciudad del Cabo, a escribir libros, alguno basado en su experiencia como el que tituló: “Cómo vivir con artritis”, y a ganarse la vida con conferencias en las que insistió siempre en que la sociedad tomara conciencia de la necesidad de donar los órganos. Hoy, es algo común. Pero en los años en los que Barnard daba sus charlas, aquello sonaba como otra audacia, casi un delirio del famoso cirujano.
En el último tramo de su vida se dedicó a la investigación médica en Alemania, fue la cara visible de los productos de belleza La Prairie, como tal visitó la Argentina en los años 80: le preocupaba el envejecimiento y el deterioro físico que lleva a cuestas. Apoyó a la empresa Glycel y afirmó que sus productos daban nueva juventud a las células, algo que fue rebatido por la FDA, la Administración de Drogas y Alimentos de Estados Unidos, y su reputación volvió a quedar dañada.

En una de sus últimas visitas al país, en 1999, reveló que ahora luchaba contra el dolor, al menos intentaba controlarlo. Presentó un aparato de nombre extraño, Simulación del Potencial de Acción, que emitía impulsos eléctricos similar a la reacción del cuerpo humano frente al dolor. Según Barnard, esos impulsos mejoraban la circulación sanguínea del paciente y aliviaban los dolores. Aclaró, conocedor en carne propia de lo que decía, que algunas dolencias no tienen cura, como las de la artritis reumatoidea y se mostró un poco adverso al uso de drogas calmantes que provocan “daños en el aparato digestivo o úlceras sangrantes como las que yo mismo padecí”.
Así se acercó a sus años finales, como una figura simpática que buscaba el secreto de la eterna juventud, convencido además que su genio de cirujano y sus manos prodigiosas antes tan hábiles y ligeras, lo hacían merecedor de la inmortalidad. En esto último no iba tan desencaminado.
En 2016, quince años después de su muerte, se conoció un lado más oscuro de Barnard. El 21 de junio de ese año, Annie Kuster, entonces representante (diputada) demócrata por el estado de New Hampshire, Estados Unidos, reveló que, en 1979, cuando ella tenía veintitrés años, fue agredida sexualmente por Barnard; que cuando trabajaba como joven asistente en el Congreso, tenía entonces 23 años, su jefe la invitó a cenar con “un invitado distinguido del Congreso de los Estados Unidos”. Era el célebre doctor Christiaan Barnard; y que Barnard, durante la cena y bajo la mes, puso su mano varias veces bajo su falda y en su zona genital.
Murió en Chipre, a los 78 años, mientras pasaba unas vacaciones en el Hotel Coral Beach de Pafos, una pequeña ciudad de la costa sudoeste de la isla. Estaba solo. Se había casado, o estaba unido, o atado a una muchacha que, por edad, podía ser su nieta. Lo derrumbó un brutal ataque de asma que, en principio, fue tomado como un infarto. La paradoja engolosinó a muchos: al doctor del corazón, le había fallado el suyo. Pero no, la autopsia dijo asma.

Perdió el conocimiento a las 11.45 del 2 de septiembre de 2001, mientras tomaba sol al borde de la piscina del hotel y leía un libro. Septiembre en el Mediterráneo es un mes agradecido: los turistas ya huyeron a sus continentes y el sol no olvida que todavía es verano. “Era un hombre muy querido -dijo el encargado de la dirección del hotel- Todo el personal del hotel lo quería mucho. Era un hombre respetable”. Sonó a poco como responso.
Fue Nelson Mandela quien, desde su casa de Johannesburgo expresó acaso el dolor de un país y, tal vez, el de gran parte de la humanidad: “Su muerte representa una gran pérdida para Sudáfrica tras todo lo bueno que ha aportado a este país. Fue, además, un crítico inequívoco del régimen de segregación racial”.
Barnard está enterrado en los jardines de su humilde casa natal, en Beaufort West, que es hoy el “Dr. Chris Barnard Museum”, al que visitan cada año miles de turistas, con la vieja capilla de la Iglesia Holandesa Reformada que forjó su carácter y su moral, mucho antes de la fama y las alfombras rojas.
Eran los griegos, que fueron padres de la medicina, los que decían que el destino final del hombre tiene sólo dos metas: alcanzar los sueños y volver a casa.
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