
Moira vive en San Diego, California, Estados Unidos. Tiene una vida que, a primera vista, todos envidiarían. Una casa de dos plantas con un gran jardín mirando al golf, un marido banquero exitoso pronto a jubilarse, tres hijas mujeres grandes e independientes, dos nietos y, desde hace dos años, un perro Golden retriever. Puertas adentro arrastran como familia un dolor eterno: la muerte en un accidente de su hija más chica, Luciana.
La cuestión es que Moira arrastra con un peso extra: una verdad que solo ella conoce. Una, a esta altura inconfesable, que ya sabe que nunca saldrá a la luz. Ella tiró, hace mucho tiempo, la llave que escondía su secreto en medio del mar del olvido.
Un olvido que nunca será.
Nació en Buenos Aires en una familia donde no faltaba nada. Cuando Moira alcanzó sus veinte años, ya por recibirse de licenciada en publicidad, partió por unos meses para realizar un intercambio en los Estados Unidos donde conoció a Steven. Él era amigo de los chicos de la casa donde ella vivía, estaba recién recibido de ingeniero. Sumamente carismático e inteligente Steven, enseguida, se mostró encantado con las costumbres argentinas. Fanático del fútbol y del tenis sabía mucho de las estrellas argentinas. Moira estaba impactada por las ganas que Steven demostraba por conocer otra cultura. Al punto que ella le enseñó a hacer empanadas y milanesas mientras la relación se iba convirtiendo en algo más serio.

Después de un par de años de idas y vueltas, de viajes y presentaciones de sus respectivas familias, y con Moira ya recibida, se casaron.
Ella dejó el país y se instaló en San Diego. El futuro parecía brillante para ambos.
Aunque es sabido que la vida en el exterior siempre es un poco distinta a lo que uno imagina y el desarraigo puede golpear cuando uno menos se lo espera.
Durante los primeros años hubo poco tiempo para la nostalgia. Vinieron una hija tras otra: Emily, Beth y Cin. Con ambos trabajando, requirieron ayuda. Podían pagarla. La juventud se fue pasando con ellos corriendo de un sitio a otro, del trabajo al colegio y a las actividades extracurriculares de las chicas o las visitas a la Argentina o a los suegros de Moira que vivían en Pismo Beach.
Cuando ya la mayor de las chicas había cumplido 14 años y la menor tenía 9, ocurrió algo impensado. La empresa de Steven le ofreció un puesto que implicaba mudarse a Vancouver, Canadá. Lo pensaron mucho. Él quería progresar y les venía bien que ganara más dinero, pero Moira y los chicos no estaban dispuestos a trasladarse tan lejos. Tenían amigos, una vida y les gustaba más el clima donde estaban. Moira ya había sufrido un desarraigo, no quería pasar por otro y someter a sus hijas a tanto cambio. Decidieron que Steven tomaría ese puesto por dos años e intentaría ir preparando a otra persona para que ocupara su lugar. Cumplido ese tiempo podría volver. Mientras podrían manejarse viajando con frecuencia. La compañía aceptó el planteo y fue muy comprensiva. Se ofreció a darles treinta pasajes anuales en avión para que los usaran como quisieran. Implicaba mucho esfuerzo afectivo, pero valía la pena. Así fue que se lanzaron a ese formato temporal de familia.
“Los primeros meses no fueron tan difíciles como esperábamos. Steven venía cada mes y se quedaba cinco días o seis días. Yo también iba todos los meses y me quedaba una semana. Generalmente viajaba con alguna de las chicas, la que podía por sus actividades, y si no iba sola. Las otras se quedaban en casa con mi suegra que venía y se instalaba. Nadie se quejó nunca por estas movidas, preferían seguir con sus rutinas a mudarse. Era lo que habíamos votado como familia”, relata Moira.

Fue a comienzos del segundo año de viajes que Moira sufrió un vuelco en su vida. Una amiga argentina del secundario, Elena, fue a visitarla a San Diego. Elena se acababa de separar, no tenía hijos, y había viajado para celebrar su cumpleaños. Esa noche de festejo Moira dejó a las chicas con su suegra y salieron a comer y a tomar algo como dos adolescentes. Estando en un bar se les acercaron dos jóvenes latinos a conversar: Quique, un argentino muy simpático, y Gonzalo, un chileno que llevaba toda su vida viviendo en los Estados Unidos. Quique contó que había ido a realizar una experiencia laboral temporal. Ellos eran unos diez años más jóvenes que ellas, pero divertidos, solteros y buena onda. Moira le contó que estaba casada y tenía tres hijas; Elena les aclaró que era una recién divorciada sin ataduras. Esa noche se rieron mucho y quedaron en volverse a ver cualquier día. Intercambiaron sus celulares.
Se vieron un par de veces más en el mismo bar. Funcionaban como amigos nuevos. Risas y charlas de pavadas. Cuando después de once días volvió a la Argentina, Quique no dudó en llamar a Moira para verse a solas. La salida ocurrió luego de un viaje de Moira a Canadá. Aunque Moira se hiciese la distraída había una llama encendida. Gestos, miradas, atracción física.
“No me interesa contar mucho lo que pasó o cómo pasó. Todos entenderán. Fue una relación fogosa, pero breve. Yo estaba un poco aburrida, un poco sola, un poco apática en una edad en la que ya sentía que no me pasaban tantas cosas en lo sexual ni en la vida. No sé, no puedo explicarlo, solo que me arrojé a vivir esa aventura o romance, como quieras llamarlo. Nunca hubiera imaginado que me animaría, pero Quique era audaz y un conquistador nato. Fueron menos de dos meses de locura y en el medio me iba de viaje o venía mi marido. Estaba como desorientada conmigo misma. Sabía que estaba haciendo las cosas mal, pero la situación era de pura adrenalina. Hoy no puedo creer lo que hice, pero me pasó. Quizá, que él fuera argentino me tiró demasiado del hilo de la melancolía. Compartíamos esa identidad entrañable de nuestras costumbres. No lo sé”, reflexiona.

Fue acercándose a diciembre que Moira se dio cuenta de que no podía seguir viviendo de esa manera. Traicionando y mintiendo. Su vida podía estallar en cualquier momento y sería un desastre. Con tanto viaje de ida y vuelta estaba como anestesiada para percibir la realidad como era realmente: “No era amor lo que sentía, tampoco una gran pasión. Era otra cosa. Me caía bien, me gustaba, pero no proyectaba nada con él. Ni él conmigo. Más joven y sin hijos, vivíamos en realidades contrapuestas. Quizá haya sido una relación que aniquiló esa especie de aburrimiento existencial que me atacó en esa etapa de mi vida. Un día, cuando ya se acercaba la fecha en que él volvería a Buenos Aires, decidí que teníamos que hablar y terminar con todo de cuajo. No quería más sentirme una traidora ni inventar cuentos para tapar algo que Steven no merecía. Quique lo tomó bien, cero drama, y nos despedimos como adultos”, reconoce Moira, “Esa extrañitis mal resuelta por Argentina puede haber contaminado mi soledad. Porque después de que se fue retomé mi vida tal como antes. Te diría que con más felicidad porque ya no tenía el peso de esa historia clandestina. Elena jamás supo que entre Quique y yo había pasado algo. Solo lo supimos nosotros dos y habíamos quedado en no contarlo nunca”.
El 27 de diciembre Moira se sintió mal. Vomitó varias veces. Estaba sumamente cansada. Unos días después, como seguía rara, decidió ir al médico. El especialista le preguntó si no creía que podía estar embarazada, ya había tenido varias gestaciones. Moira no lo había pensado, creía estar protegida por el DIU (dispositivo intrauterino): “Le respondí que tenía puesto un espiral. Que era grande, que sí que ya tenía tres hijas y que no quería más. Que no podía ser”, relata. El médico le mandó un análisis de sangre. La sorpresa la dejó helada: estaba esperando un bebé. Por cómo estaba colocado el DIU no era posible quitarlo. Tendrían que monitorear el embarazo y punto.

“Me aterré. ¿El bebé era de mi marido o de mi aventura recién terminada? ¿Cómo podía saberlo? ¿Qué tenía que hacer? No podía hacerme la pregunta en voz alta. Tampoco podía decirle a Quique, ¿de qué serviría? Además yo le había asegurado que me cuidaba. Fue como si mi cabeza me ordenara seguir adelante sin preguntas, como un caballo con anteojeras. No me detuve a pensarlo mucho porque me resultaba insoportable. Me decía que si contaba la verdad y después por el tema del DIU pasaba algo y perdía al bebé, terminaría divorciada inútilmente. Si no contaba nada debería asumir que nunca sabría de quién era realmente mi hijo. No me animé a realizar ningún movimiento más que a sostener mi silencio. Un silencio externo con muchísimo ruido interno. Porque mi cerebro me martillaba día y noche sin piedad”, cuenta Moira.
A los nueve meses nació Luciana, ¡otra mujer! Los miedos de Moira se disiparon un poco y esa beba la llenó de amor. Y todos fueron felices. Por un tiempo.

Steven volvió al cabo de los dos años a San Diego y las cosas se normalizaron para la familia. No hubo más crisis para Moira ni nada que alterara la nueva rutina placentera. Ella notaba, claramente, que Luciana era la menos parecida a Steven de sus hijas. Era muy parecida a Quique: “Era algo que solo yo podía saber. Era morocha como Quique y con ojos oscuros como él. Nada que ver con el resto de mis hijas que tienen ojos claros. Nunca nadie dijo nada al respecto porque uno siempre tiene algún tío o familiar a quién adjudicar el parecido”.
Cuando Luciana ya había empezado preescolar con 5 años, unos amigos se casaban en Francia y los invitaron a su casamiento. Costó decidirse, pero se organizaron bien. La suegra de Moira se instaló una vez más en la casa y sumó a una de sus cuñadas. Además tomaron a una baby sitter para que las ayudara algunas noches. Los padres estarían ausentes nueve noches.

Fue entonces que ocurrió la gran desgracia de la familia. Un jueves que nadie quiere recordar el transporte escolar que llevaba a Luciana chocó en una esquina con una ambulancia. Con tanta mala suerte que Luciana fue la única de todos los pasajeros que se golpeó fuerte la cabeza. La internaron ya grave. Moira y Steven volvieron de urgencia. Llegaron cuando la estaban llevando a operar de urgencia porque el hematoma seguía sangrando. No lo soportó y unos días después murió.
“No podíamos sacarnos la culpa de habernos ido. Pero también es cierto que estando nosotros podría haber pasado lo mismo, porque la llevaba siempre el autobús escolar. Pero en mi cabeza y en mi corazón había un peso extra y desconocido para el resto. Mi marido estaba llorando a nuestra hija. Una hija que yo intuía que no era hija biológica suya. Eso me sumió en una tristeza horrible porque sentía que Dios me estaba castigando por mi infidelidad. Apareció el tema del pecado y de mi educación religiosa temprana. Empecé terapia y recién ahí pude contar a alguien la verdad de lo que me pasaba y aliviar un poco el peso de mi alma”, cuenta desgarrada. “Pasamos por momentos de extremo dolor y, en lo personal, casi perdí las ganas de seguir viviendo. En terapia pude reconectar con el amor de mi marido y el de mis hijas que me sacó de ese abismo oscuro. Con el tiempo pude soltar aquello que no puedo cambiar. Nunca blanqueé con mi marido ni con nadie, salvo la terapeuta, el origen biológico de Luciana.

Con años de terapia pude ver el costado luminoso de las cosas: Luciana fue adorada, querida, tuvo hermanas, tuvo abuela, tuvo mamá y tuvo papá. Lamentablemente pasó un accidente, como miles en el mundo, y eso no tiene nada que ver con mi mentira. Ningún dios me puso en penitencia. Hoy puedo decir que si bien siempre tendré el dolor de su ausencia ya no siento esa culpa horrible que me quitaba las ganas de vivir. Estuve mal, mentí, pero sé que decir la verdad hubiese sido un sincericidio estúpido porque tenía una familia y un marido que amaba. Tuve que aprender a perdonarme a mí misma, que fue una compleja tarea, mi debilidad. Quique nunca supo que tuvo una hija. Tampoco se lo diría porque no tendría sentido sumarle dolor a alguien que ni siquiera la conoció. Lo único que me pregunto es qué hubiera pasado si Luciana hubiese vivido con su derecho a la identidad. Si hubiera llegado a ser una mujer quizá yo tendría que haber enfrentado en algún momento mi desliz, blanqueado todo y hacerle un ADN. Pero eso no ocurrió. Y es otra de las cosas que tengo que soltar. Además, a Steven no le dolería menos su muerte por no ser su papá biológico. Hoy tengo nietos, mis otras hijas son inmensamente felices y volvería a elegir a Steven mil veces más. Fue un roble, mi ancla, mi sostén en los tiempos oscuros. El amor verdadero tiene caminos extraños. Uno puede equivocarse en algún momento. Tenemos derecho a la equivocación. Elegí pensar que una infidelidad no tiene por qué ser una condena a perpetua y que la verdad, a cualquier costo, tampoco tiene siempre sentido. Cada caso es un mundo particular que debe ser analizado. Luciana fue el ángel de nuestras vidas y quién terminó de unirnos definitivamente”.
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