Previo a ese “¡basta!” se sucedieron una infinidad de preguntas -amontonadas, desordenadas, viscerales- que la fueron interpelando. Tantos “¿por qué?” “¿para qué?”, “¿cuál es el sentido?”. Pero una vez que tomó la decisión, que vendría a cerrar una etapa fundacional de su carrera profesional pero también de su vida, hubo más preguntas que podrían resumirse en una sola: “¿Y ahora, qué?”. Lo que en realidad generó aquellos interrogantes, que quizás nunca encontrarán una respuesta precisa, fue una certeza. Porque después de un proceso personal tan hondo como extenso, una crisis existencial, Jimena Grandinetti lo comprendió todo.
Cuatro meses atrás, la periodista y conductora que con su “desparpajo” -como lo define- había alcanzado la popularidad en C5N, compartiendo inolvidables madrugadas con Nicolás Magaldi, decidió renunciar a un trabajo estable y un sitio muy bien ganado en las señales de El Trece y TN. “¡Basta!”, dijo. Más bien, se dijo. Y pese a amar el oficio y la televisión, se quitó el maquillaje, ya corrido por tantas lágrimas, y dejó el micrófono. Se alejó de los focos del estudio, los mismos que la alumbraban cuando -internamente- sentía estar en las sombras. Y sobre todo, dejó atrás el fragor de las noticias. Intenta ahora abocarse a la actriz, que a veces “se guardó” por temor a ser considerada por el medio como “menos prestigiosa”. Todavía más que eso: Jimena busca centrarse en ella misma. Priorizarse. Y regresar al disfrute. Por solo una cosa importa: ser feliz.
Allí reside su certeza.
—Te animaste a renunciar a una pantalla súper importante cuando en general nos dicen: “No dejes el aire, esperá que te salga otra cosa”. ¿Cómo fue esa decisión?
—Fue una larga, larga decisión… Un proceso que me llevó más o menos tres años, desde el 2020 a fines del 2023, con mucha terapia, mucho acompañamiento y mucho entender que se puede igual. Y confiar en una misma. No es una decisión fácil. En general, tenés a la familia en contra, por miedo; por amor, básicamente. Tenés muchas veces a los amigos, que te dicen: “No es buena idea que renuncies”. No me olvido más uno de los mensajitos de mi vieja: “El país está hecho un desastre. No renuncies ahora”.
—¿En qué mes te fuiste?
—Octubre del 2023. No soy tonta: yo sabía que era un momento… De hecho, cuando me reuní con mi jefe le dije: “Ya sé que estoy loca, que es el peor momento del país, pero si no lo hago ahora, no lo hago nunca”. Había cierta comodidad en mí, de esa silla, de ese lugar que me había ganado. Dije: “Si me quedo acá me quedo hasta los 80. Me puedo morir en esta silla, tranquilamente. Van a pasar un montón de cosas, pero a la vez no va a pasar nada, quizás, de lo que sueño”.
—¿Sentís que habías llegado a tu techo?
—Tengo miedo de decir un techo; por ahí, es como medio soberbio… Sentí que había cumplido un ciclo. ¿Viste cuando estás en pareja y en vez de separarte decidís tomarte un tiempo? Me tomé un tiempo de la televisión, y sobre todo de los noticieros. Lo necesitaba: 11 años de mi vida de estar en vivo, en vivo, en vivo... Que amo el vivo, porque te genera una adrenalina.
—¿Pero en algún momento te hizo mal?
—Sí, me hizo mal. Todo empezó en la pandemia, con el tema del COVID: fui muy consciente de que hoy estoy viva y en un par de segundos, en un par de minutos, mañana, no sé qué va a pasar… Ahora estoy acá, y tengo que tratar de disfrutar y aprovechar este momento lo más que pueda. Ser consciente de eso me cambió la vida. En la pandemia se morían un montón de personas todos los días y yo pensaba: “Hoy estoy viva, estoy acá, ¿estoy feliz con lo que estoy haciendo?”. Ahí me di cuenta de que estaba en piloto automático. Lo hablé con la psicóloga: “No estoy disfrutando de nada”. Y de nada significa de nada…

—¿Tenías depresión?
—Tuve miedo de tener depresión, por eso consulté con los profesionales. Por suerte, no tuve. Pero les puede pasar a un montón de personas: lamentablemente, es muy habitual hoy en día en la sociedad. Sí tuve momentos de mucha angustia, que fueron diagnosticados como principios de ataque de pánico. Eran llantos que no podía controlar, que me agarraban en cualquier momento. Y tres, fueron puntualmente en la pandemia: dos de ellos adentro del canal y el otro, sola en mi casa, que fue terrible. El psicólogo me dijo que era un aviso, que el cuerpo me estaba mandando una alerta: “Tenés que estar atenta porque algo está pasando”.
—¿Esa angustia tenía algún motivo?
—Desconozco. Estábamos al principio de la pandemia, en una situación recontra extrema: no sabíamos nada, no teníamos información. Yo tenía mucho miedo por mi familia. En un momento también me agarró miedo por mí: no sabía cómo protegerme frente a eso. Y fue horrible no poder controlar esos momentos: tener mucho dolor en el pecho, mucha angustia, ese llanto que aparecía de golpe y no lo podía parar.
—Y empezaste a preguntarte: “¿Qué estoy haciendo con mi vida?”.
—Me agarró una crisis existencial. Me veo en esas escenas: en los pasillos del canal, en los lugares en los que me quedaba cuando no tenía que salir al aire, muchas veces me iba a llorar. Las veces que me he desconectado el micrófono y no paraba de llorar porque tenía una angustia contenida… Lo digo y me vuelve a agarrar porque me veo en esas situaciones en las que no entendía qué me estaba pasando. Y sin dudas, era algo profundo, era una crisis existencial. Me empecé a preguntar: “¿Cuál es mi misión en esta vida? ¿Qué vine a hacer a este planeta?”.
—Cuando te ponías a llorar y estabas en plena jornada de trabajo, ¿qué hacías? ¿Te calmabas y volvías al aire, o te ibas a tu casa? ¿Alguien te ayudaba, te veía un médico?
—Tiene mucho que ver con mi personalidad: tuve que aprender a pedir ayuda. No soy una persona que pida ayuda fácilmente. Me gusta mucho la astrología, y sé que eso me viene de mi Luna en Capricornio: la autosuficiente, entre comillas. En esos momentos me daba vergüenza que me vieran llorando, entonces me secaba las lágrimas, me acomodaba un poco el maquillaje, volvía a ponerme la cucaracha y volvía a salir al aire. Probablemente nadie se enteraba de eso, ni mis papás; se deben estar enterando ahora. Creo que venimos de una cultura de que hay que laburar, laburar, laburar, trabajar, trabajar, trabajar, ser productivos todo el tiempo, todo el día, a todo momento, a toda hora... Y claro, llega un momento que por algún lado te explota todo eso.
—Este proceso te llevó un tiempo largo.
—Sí, tres años de procesarlo. Cuando en la pandemia me empecé a dar cuenta de todo eso, no sabía cómo hacer. Me empecé a desesperar: “¿Qué hago? ¿Y cómo lo hago?”. Tenía más dudas que certezas. No sé qué quiero, pero sé lo que no quiero, como dice la canción. En un momento me gano una beca para ir a estudiar a Estados Unidos y pido una licencia en el canal sin goce de sueldo. Un día, estando en California, empiezo a tener una pesadilla recurrente referida al trabajo. Uno de esos días me levanto, agarro mi teléfono y empiezo a escribirles una carta a mis jefes, en el Bloc de Notas, agradeciéndoles todo, con mucho amor: por haberme ayudado a crecer, por haberme escuchado. “Quiero escribirles y decirles gracias, y que estoy en esta, que no tengo muchas certezas”.
—Ese viaje a Estados Unidos sirvió para animarte.
—Puede ser, puede ser... Haber estado en crisis tanto tiempo necesitaba tomar distancia, alejarme un poco de la situación, de la realidad argentina, porque estamos muy mal acostumbrados a que siempre sea una realidad dura.
—Ahora, que la mirás con unos meses de distancia, ¿sentís que la decisión fue correcta?
—Sí. Sí, sí. Me estaba sintiendo mal por todo lo que conté. Por levantarme todos los días a las 4:30, 5 de la mañana. Por las noticias feas.
—¿Te dolían las noticias de Argentina?
—Sí, me re duelen. Me siguen doliendo. El tema es cuando encima estás como obligada a escuchar eso todos los días de tu vida, todas las mañanas. Me partía el alma escuchar a una mamá a la que le acababan de matar un hijo, o a una mamá que le acababan de violar a una hija. No soy madre todavía, pero… la empatía: nunca pude romper con eso. Me acuerdo cuando era más chica y hacía móviles en la calle, muchos me decían: “Bueno, después te vas a acostumbrar. Es como el médico: después dejás de sentir”. Y yo ni siquiera quería dejar de sentir… Admiro un montón a mis compañeros que hace muchos años que trabajan en los medios, que son grandes periodistas, que se la bancan todos los días de su vida, que se bancan esas historias, esas noticias.

—¿Hay alguna historia en particular con la que te hayas quedado?
—No me voy a olvidar más… Me tocó hacer un móvil: unos delincuentes habían matado a un nene, y me impresionó mucho ver el cajón chiquito, y ver a toda la familia alrededor de ese cajón. Me puse a llorar con la familia. Y en realidad está mal porque cuando vas a cubrir algo, no debería pasarte, no deberías involucrarte. Pero me pasó eso.
—Pero, ¿creés que está mal involucrarse, ser empático con una realidad tristísima que se está viviendo?
—No… No está mal…
—Ante todas esas preguntas que te hiciste, sobre cuál era tu misión en esta vida, por ejemplo, ¿qué respuestas encontraste?
—Quizás sea una de las preguntas más difíciles de responder a lo largo de la vida de una persona. Pero creo que descubrí que una de mis misiones en esta vida es contar historias a través de la ficción, a través del teatro, de la música, de una película, de un documental, de una entrevista, de una presentación. Me gusta contar historias, sea el formato que sea: artístico o periodístico.
—Cuando decidís renunciar, ¿cómo te organizás económicamente?
—Gran pregunta, gran… Encima vengo de una familia recontra humilde. Mi mamá es hija de inmigrantes portugueses y mi papá es italiano. O sea, una mano atrás y otra adelante, todos, toda la vida. Familia de laburantes. Por eso creo que ellos tienen mucho más miedo, y nos fueron pasando ese miedo a nosotros, esta cosa de “hay que trabajar, trabajar, trabajar todo el día, todo el tiempo, a toda hora y en todo lugar”. Son muchos mandatos y muchas cosas con las que, en algún momento, para mí, hay que ir rompiendo, desarmando. Me di cuenta de que no venimos a este mundo solo a ser productivos, a trabajar todo el tiempo. ¿En qué momento de la vida disfruto? Obvio, vivimos en un país recontra complicado: no todos tienen el privilegio de hacerse estas preguntas que yo me pude hacer, o que me estoy haciendo. Pero bueno, viniendo de esta familia, de esta cultura, con estos mandatos, imaginate el miedo de ellos. Y mis propios miedos: “Che, y si sale mal, ¿qué?”. Y mil días que, desde la renuncia, me he preguntado: “Che, ¿qué onda? ¿Y ahora qué?”.
—¿Había ahorros que permitieran una proyección?
—Trabajé desde los 21 años y, como buena hija de italiano, siempre que pude ahorré un poquito. Entonces, un poco los ahorros, otro poco me autogestioné un podcast, que por suerte tuve un sponsoreo que me permitió bancarme unos meses. Van apareciendo cositas, raras y locas: por ejemplo, ahora voy a ser la voz de un festival medio espiritual y místico que se va a hacer en Cafayate.

De aquí en más
Durante aquella estadía de casi tres meses en los Estados Unidos, Jimena hizo un casting para la tercera temporada de El Encargo, la exitosa serie de Guillermo Francella. Y consiguió el papel. “¡Imagínate la emoción! –cuenta, entusiasmada-. Y yo estaba ahí, sola, cuando me enteré de que había quedado. Es un personaje chico, pero un recontra mimo al alma. También grabé dos pelis independientes cuando volví del viaje. Una con Nancy Dupláa y Nazareno Casero; hermosa experiencia. Y la otra de terror, un género que nunca había explorado. Soy la final girl, la que sobrevive a todo, y me peleo con el malo, que es enorme. Aprendí de piñas y cosas”.
Hay más proyectos. “Porque no paré un segundo… -advierte-. Es decir, digo todo esto de que no hay que ser productiva todo el tiempo, pero me tomé unos momentos. Estoy preproduciendo un documental que no quiero contar demasiado porque todavía no está recontra confirmado, pero sería una coproducción con Europa. Si me enciende el proyecto, me enciende el alma. Soy una máquina de tener ideas. Ahora estoy empezando a materializar ideas de hace un montón de tiempo”.
—¿Y la obra Wasabi?
—Wasabi está buenísima. Tienen que venir. Estamos los martes a las 21 en el Paseo La Plaza. Es una comedia, es para relajarse un ratito, dura 50 minutos, se pasa volando la hora. Igual hay que aclarar, y esto es importante, que quede claro, que la tele me encanta, me encanta la radio, amo los medios. Soy una casi que nacida, desde los 21 trabajo en esto.
—¿Qué pasa con el ego cuando uno se corre de la televisión? Dejar la exposición, ser reconocido cuando entrás a un restaurante.
—Tener un chofer que te lleve y te traiga…
—¿Tenías un chofer?
—Sí, Osvaldo. Le mando un beso. Me re acompañó, me rehizo de psicólogo ese tiempo. ¿Cómo es lidiar con el ego? Bueno, trabajo mucho para ser mejor persona, haciendo terapia, terapias alternativas, las que se te ocurran; las pruebo todas porque soy escorpiana. Todo eso hace que me corra un poco del lugar del ego, porque yo entendí que, en definitiva, el lugar del ego es un lugar de sufrimiento. El ego es necesario para el ser humano, el tema es equilibrarlo: que no esté ni para un lado ni para el otro. De más chica le daba mucha importancia a lo que hacía porque sentía que yo era a partir de lo que hacía. ¿Entendés? Soy lo que hago.
—¿Como que el trabajo te definía?
—Sí. Y en realidad, no soy lo que hago. Soy lo que soy.
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