La noche que Graciela Alfano se acostó con la muerte y cuando a Cocho López lo salvó Dios Infobae

La noche que Graciela Alfano se acostó con la muerte y cuando a Cocho López lo salvó Dios. Noticias en tiempo real 15 de Octubre, 2021 01:10
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“Creo que te he visto alguna vez, ¿o me parece?”, le dice Cocho López a Graciela Alfano en cuanto se encienden las luces del Teatro Coliseo. El ex piloto y la actriz se conocieron en el punto de largada literal de sus carreras y entre ellos existe esa complicidad que sólo dan los años, y que se recupera en segundos aunque lleven tiempo sin verse. Con esa confianza intacta, recorrerán sus vidas en un ida y vuelta sobre la vocación, la pareja, la familia, sus padres, sus traumas y mandatos –de los abusos que sufrió la diva en su infancia a la presión de una masculinidad sin miedos que marcó al corredor–, sus momentos límite, y la fuerza con la que hoy sus nietos los impulsan a ir por más.

Graciela Alfano: —Yo no sé qué me pasa con vos, Cocho, pero te veo chiquito siempre. Si te miro a los ojos, puedo ver a un niñito, tenés esa inocencia de una criatura y, mientras estabas por entrar, decía: “¿Cómo habrá sido él con su abuelo en el taller de Mataderos?”

Cocho López: —¡La República de Mataderos! Para ser corredor de autos tuve la suerte de haber nacido ahí, porque cada auto representaba a un pueblo y entonces todos los corredores son de pueblos, no hay porteños… O sea, Charly Menditegui, los hermanos Gálvez, y después vine yo. Soy casi el único, pero nacido en ese pueblo que es Mataderos, porque las peñas se formaban, el dinero se conseguía. Tuve esa suerte, y tenía a mi abuelo...

GA: —Porque él tenía un taller y vos te metías en el taller, mirabas los autos.

CL: —Sí, nací con un padre y una madre fantásticos, que me marcaron los mandatos para empezar la vida: mi madre sentada en la falda de mi padre. Mi padre corría. En ese taller de mi abuelo Francisco, tiroteador terrible de todas las vecinas.

GA: —¡A alguien tenías que salir!

CL: —Me enseñaba todo, ¡era un fenómeno! Mi abuelo se dedicaba, gaucho, a abrir caminos en la estancia Los Cerrillos, en Santa Rosa, y me llevaba a mí a los 6, 7 años. Le decía a la abuela: “Me acompaña Cochito”, y ahí yo tomaba contacto con una camioneta Ford 37 en el medio del campo. Así empecé a mover las muñecas y los brazos, a sentir lo que era un auto.

GA: —¿Y eso se lo enseñás a tu nieto? Porque ahora es la otra vuelta, ahora lo tenés a León.

CL: —León López Dietrich, como dice él. El papá es mi hijo Juan Manuel, de los dos varones el más grande, que le dicen Cochito. Y mis dos hijas que son Nati y Luli, que las crié desde los nueve meses y dos años.

GA: —Nombrabas a tu mamá, que me decís que estaba arriba de la falda de tu papá y a mí se me ocurre una mujer muy sexy.

CL: —Sí, una mujer muy linda. Yo nací de Lucía, que murió a los 95 años bailando y cantando, nací cantando y bailando. Por eso Luli canta, porque yo tenía que sacar alguno que cante en la familia, porque a mí me hubiese encantado. Un poco mi vida fue tratar de hacer las cosas bien; yo no pienso nunca para mal. Eso es lo mejor que me dejó mi madre, la alegría de vivir y de pensar bien. Que la Virgen o Dios, quien me protege, me ayude siempre a pensar, y después yo decido.

GA: —¿Fuiste a colegio de curas?

CL: —Fui primero al colegio del Estado, en Mataderos. Después nos mudamos a Santos Lugares por el trabajo de mi padre, entonces fui scout y alumno de Nuestra Señora de Lourdes. Y mi secundario lo hice en Don Bosco, colegio salesiano en Mataderos que todos los días tenía misa y confesiones.

GA: —Como mi madre, ¿te acordás de mi madre?

CL: —¡Cómo no me voy a acordar! Me acuerdo de todo, me acuerdo que sos hincha de Racing, me acuerdo de tantas cosas...

GA: —Mis hijos son hinchas de Racing, todos. Bueno, vos seguís viéndote con ellos y con mi ex (Enrique Capozzolo).

CL: —Sí, los veo a Gonzalo, a Nico, a Francisco, los veo a todos… Y con Quique comparto el golf, nos divertimos mucho. Es un gaucho inolvidable: yo estaba corriendo en Argentina con una cupé Fiat o un Peugeot, y me dicen: “La semana que viene te invitó Ferrari a correr las 24 horas de Le Mans”. Yo de francés no cazo una, digo, “Bueno, ¿quién está?”, “Quique Capozzolo”. Y llegué a París, y necesitaba a alguien que me ayude. “Quique vení, qué sé yo”, Quique no sabía ni decir “oui”.

Confesiones Graciela Alfano Cocho López
"Fue un proceso entender ese destino mío, por qué una niña de 4 años tiene que someterse a todo ese maltrato, a ese abandono fuerte, a la ausencia de protección, la ausencia de mi padre que viajaba, y no estaba, y la ausencia de mi mamá que no podía creerme" (Franco Fafasuli/)

GA: —Ojo, que el padre de mis hijos estudió en la Sorbona. A Quique le encantaban las carreras, se volvía loco. Ahora tenemos otro tipo de charlas, somos abuelos de Nina, entonces es: “La quiero con toda mi alma, ¿compraste el monopatín?” La alegría de poder construir una familia juntos y tener esta nieta divina, que desde que me enteré, Cocho, ya en la panza de Delfi, de que iba a ser una niña, conocí lo que es el amor más profundo, que es el amor desde el árbol genealógico, desde la sangre de esa chica que es mi sangre, y cómo una abuela, un abuelo, puede marcar ese destino. Porque dicen las constelaciones que los padres nos enseñan qué hacer, los abuelos qué sentir, y los bisabuelos qué pensar. Yo dije: “Esta nena tiene que conocer a su abuela bien”, porque yo siento mucho, soy una persona con emociones muy fuertes. Parte del tratamiento que hice, que tuve que hacer, fue un estudio del árbol de mi familia, y había muchos secretos.

CL: —Pero antes éramos todos así.

GA: —Sí, pero el mío era pesado, sobre todo siendo una mujer muy famosa, que me hice famosa sin contar todo esto. Poder llegar a ver todo eso en la historia y a decirlo, porque una cosa es hablarlo con uno, y otra es poder largarlo al universo. Todo por amor a Nina, que me movilizó para trabajar en el árbol para poder expresar las cosas que me pasaron, primero a uno, porque uno se esconde cosas, tendés a negar y seguir. El abuso infantil que yo sufrí tres años seguidos, que hoy digo que lo puedo revivir, yo no lo revivo, lo recuerdo; eso es haber avanzado. Tengo mucho trabajo hecho sobre esto, inclusive he podido dar charlas, he ayudado a personas que han pasado por esto, pero siempre el dolor de esa infancia está. Hay un lugar en el subconsciente en el que ese dolor queda. Hay una expresión que es el “amor fati”, que en griego quiere decir “el amor de tu destino”, el amor hacia todo lo que te pasó, porque eso que te pasó es lo que te conformó. Entonces, entender ese destino mío, por qué una niña de 4 años tiene que someterse a todo ese maltrato, a ese abandono fuerte, a la ausencia de protección, la ausencia de mi padre que viajaba, y no estaba, y la ausencia de mi mamá que no podía creerme.

CL: —No miraba, no veía.

GA: —No podía creerme.

GA: —Ella hizo todo lo que pudo, pero pasé momentos muy difíciles. Y, sin embargo, la vida me dio un tiempo, y esto tiene que ver con Quique también, porque cuando mi madre se enferma tan gravemente, yo decidí que iba a morir en casa. Y era una mujer muy difícil mi madre, pero el médico me dijo “va a vivir 30, 60 días”, y yo recuerdo que le dije: “¿Ese tiempo, no?”, porque temía tenerla en mi casa más porque era muy doloroso, y me dice “sí, sí”, y vivió un año y medio. Fue lo más duro que me pudo pasar en la vida, era esa relación con mi madre todos los días, dura, era una guerra, era un dolor, era revivir todo lo que había pasado.

CL: —¿Por qué me nombraste a Quique?

GA: —Ahora te cuento. Cuando ella ya está muy mal, que el dolor era insoportable, porque su metástasis –pensá que pesaba 28 kilos, ¿te acordás que era una mujer grandota?– la consumía, viene el médico y le dice: “Hay que ponerla en estado de coma, porque no aguanta más el dolor”. Pero estaba tan flaquita que había que ponerle una planchita que iba lenta, entonces yo viví todo el miedo que sintió de morirse, porque ella sabía que de ahí no iba a volver, y todo eso fue pasando, y temblaba, y fue una situación tremenda, de un dolor tremendo, de una humanidad... ¿Viste cuando te sacan capas? Es como que ya no hay nada, la cabeza te estalla, no hay pensamientos, es sólo acción. Hay emoción, es un tsunami. Entonces, decidí acostarme desnuda con ella, porque tenía mucho frío, que no era frío, era miedo, temblaba. Y me saco la ropa y con mi calor corporal la abrazo. Dije: “Yo me acosté con la muerte”, porque sabía que, a partir de ahí, en el momento que fuera bajando, ya se iba. Entonces le puse mi cabeza en el pecho, seguía temblando, y le dije: “Pensar, mami, que tus ojos fueron lo primero que vi cuando nací”. Y ella me mira y me dice: “Y tus ojos van a ser lo último que voy a ver antes de irme”. Y ahí se fue durmiendo.

CL: —Qué fuerte.

GA: —Fue como cuando ya desarmás, decís: “¿Después de esto qué? ¿Qué otra experiencia en la vida puede superar morirme con mi madre?” Entender todo desde el principio hasta el final, entender que todo esto tuvo un sentido para ella y para mí. Y en ese momento, me dio un amor tan impresionante, que dije: “No te voy a poder olvidar nunca porque te adoro, porque te amo”. Ahí murió Graciela Alfano, esa persona ya no estaba más y nació otra, nació un Himalaya humano. Yo estoy tan bien parada en mí misma porque ya había hecho un trabajo para incorporar a mi padre que no había estado, y ahora era la incorporación de mi madre con toda la fuerza de lo femenino, con todo lo que una mujer puede sentir, y eso entró en mí.

Confesiones Graciela Alfano Cocho López
"Caímos en un precipicio en medio de una tormenta de nieve. Estábamos solo con unas camisas livianas. Nos congelábamos. Encontramos un auto, lo abro, lo acuesto atrás a Oscarcito y me tiro adelante. Ahí estuvimos 4 o 5 horas, gracias a Dios. Nadie nos encontraba y tuvimos alucinaciones" (Franco Fafasuli/)

CL: —De afuera siempre se vio un Himalaya, desde muy chiquita, te cuento cómo lo vimos.

GA: —Eso era lo que yo quería ser, pero ahí fue, ahí me convertí en lo que yo quería. Y lo de Quique… él se peleaba mucho con mi mamá porque mi mamá se peleaba con todo el mundo, Quique es más bueno que el pan, no se pelea con nadie, pero pobre, lo perseguía… Y cuando hacemos el velorio, la velé en mi casa y vinieron mis hijos y los amigos, no dije nada para que no hubiera prensa, solamente la familia. Y mis hijos decidieron poner música, tomaron champagne inclusive, era una fiesta, la abuela nacía a otra dimensión, y yo acepté, y el único que lloraba muchísimo era Quique, y yo le preguntaba: “¿Por qué lloras tanto si te peleaste siempre?”. Ahí descubrí cómo la quería, uno va descubriendo a las personas también en esas circunstancias difíciles. ¿Sabés qué pasa? Nosotros la piloteamos mucho hablando de pilotos, pero nos pasan cosas; nos hacemos los fuertes, pero el Himalaya no era el Himalaya.

CL: —La gente te ve, caso mío, “cómo la pasan ustedes, champagne, las promotoras”, ¡eso era el podio! Yo corrí como mil carreras, y debo haber ganado 50 u 80, el 5%, y fueron muchísimas.

GA: —Pero vos sos un ganador, sos un campeón.

CL: —Te quiero decir que he perdido 95% y he sufrido el 100% de las carreras. Yo entré por el mandato de que mi padre era un buen corredor, entonces dije: “Voy a tratar de ser lo que me gusta, que es manejar autos de carrera y de lograr algo que hizo mi padre”. Eso inconscientemente es un mandato, le querés demostrar a tu madre. Después uno va desarrollando una actividad tratando también de ser un Himalaya, o el Aconcagua aunque sea, y no es fácil, porque todos los días es mucho esfuerzo, mucha dedicación, y empezar a dejar cosas que te gustan, partes importantes de la vida para desarrollar tu profesión. Hay momentos en que tenés que elegir, es así.

GA: —La familia.

CL: —Sí, la empezás a dejar de lado, te empezás a alejar, porque empezás a hacer viajes, te concentrás en un deporte que está rozando la muerte.

GA: —Bueno, te pasó. Casi te congelás. No entiendo cómo corrías con una camisa de seda, ¿no sabías que había nieve?

CL: —No, no sabía. Fue una carrera en la que salí de San Juan a Chile, corrí, pasé las montañas, de ahí a Aguas Negras, 4.620 metros de altura. En el auto de carrera puede hacer frío, pero no había niebla, era abril.

GA: —¡Estabas en camisa!

CL: —Corríamos en camisa: mocasines, los guantes con los deditos cortados, camisita, jeans, la elegancia nunca la íbamos a perder. Y para allá fue todo bien, gano yendo; cuando a los dos días volvemos, que era domingo, desde el viernes a la noche que pasamos había empezado una nevada terrible. Cuando voy a salir de la Serena, de Chile, como había ganado largaba primero, y me dicen: “López, allá arriba hay una tormenta, pero quédese tranquilo que lo van a parar si no se puede pasar, ya mandamos otra delegación adelante, los comisarios deportivos, toda la organización”. Primera a fondo, para arriba con el Peugeot 504, y empezamos a ver nieve, a esquivar piedras, ya en vez de ir en cuarta y tercera, en primera y segunda, despacio, no veíamos, viento blanco.

GA: —Nadie te paró.

CL: —Yo veía piedras muy grandes, entonces para hacer lo más rápido posible, mi acompañante, Oscarcito, otro loco, abre el techo corredizo, se saca el cinturón y se pone arriba del techo para dirigirme a dónde manejar, y yo me saco el cinturón, me siento en un costado…

GA: —O sea, ¡el tipo arriba del techo!

CL: —Hay una foto que apareció por las redes hace cinco años que yo digo: “¿Qué hacía ese tipo ahí sacando la foto donde el tipo está arriba del techo limpiando el parabrisas y yo tratando de ver?”. En definitiva, me dice “a la derecha”, a 40 kilómetros por hora, porque no se veía nada, doblamos en el precipicio, nos caemos, y por suerte era tanta la nieve que empezamos a caer en cámara lenta 100 metros, una eternidad.

GA: —Menos mal que en cámara lenta.

CL: —Podríamos haber formado la pelota de nieve. Paraba, se seguía cayendo... Le digo “Oscarcito, ¿estás bien?” Estaba de cabeza, yo sentado en el asiento de atrás, golpeados pero sanos, y digo: “Vamos arriba porque acá nos vamos a congelar”. Trepé el mismo lugar de la montaña por donde había caído el auto, que había hecho una huella. Pensé: “Ya va a venir el segundo y nos levanta”. Pero llegamos arriba y nada, nada. Le digo: “Oscar, vamos para adelante porque atrás seguramente la pararon y no nos vieron a nosotros”. Camino un kilómetro muerto de frío.

GA: —Vos en camisita.

CL:— Los dos. Por suerte encontramos un auto, lo abro, un Falcon me acuerdo, lo acuesto atrás a Oscarcito y me tiro adelante, ahí estuvimos 4 o 5 horas, gracias a Dios. Pero nadie nos encontraba, porque estaba todo tapado de nieve, y esas alucinaciones.

GA: —Ah, llegaste a alucinar.

CL: —Claro, yo escuchaba ruidos, autos de carrera, bajaba la ventanilla, y nada. Hasta que escucho voces, como a las cinco de la tarde, dije “qué voy a escuchar voces”, y eran tres gendarmes chilenos en mula con capote buscándonos. A partir de ahí, radio, atención médica, vino una máquina.

GA: —¿Nunca te dormiste?

CL: —Nunca, a los cachetazos para que no se duerma mi acompañante, porque yo sabía lo que podía ser. La carrera me la dieron ganada, imaginate mi madre, la familia, mis amigos. ¿Qué había pasado? Las piedras grandes eran porque hubo un movimiento sísmico, al tipo que tenía que parar la carrera se le caían encima las piedras, entonces se escondió, me lo cuentan una semana después. Él escuchó el ruido del auto cuando yo pasé, pero me dice: “No te pude parar, paré al segundo”. Y una perlita: un mes después, comiendo en una mesa de amigos y varias personas más en el Automóvil Club Argentino, me dicen: “Escuché tu historia, que te metiste en un Ford Falcon, ¡era mío! Y yo pasé dos días con la niebla, lo tuve que abandonar y me llevaron a una camioneta porque sabía que ahí no me podía quedar, pero ¿cómo entraste? No rompiste ningún vidrio”. Le digo: “Estaba abierto”, “No, yo lo cerré con llave el auto”.

Confesiones Graciela Alfano Cocho López
"No haber reconocido el dolor porque Matías Alé, que fue un gran amor, me había abandonado me llevó a un estado espantoso, a una depresión muy grande.Yo estuve con antidepresivos durante 10 años" (Franco Fafasuli/)

GA: —¿Quién lo abrió?

CL:¿Quién lo abrió? La fuerza de Dios. Nunca pensé en todas las cosas que me fueron pasando: tuve accidentes de aviones, con helicópteros para arriba y para abajo, en mi vida personal… El mandato era casarse para toda la vida, mi madre y mi padre estaban casados para toda la vida, y yo con Mónica, que vos la conoces muy bien, nos llevamos espléndido, y gracias a Dios y a la Virgen, hace seis años estoy en pareja y muy enamorado con Verónica.

GA: Eso me da envidia.

CL: —Y bueno, ya te va a pasar, yo nunca imaginé que me iba a pasar, la gente me ve y cree que uno programa; no, uno programa trabajar.

GA: —Pero estás abierto. Yo tuve un dolor grande que pude asumirlo ahora, no es que lo tengo hoy, sino que es un dolor que tuve y no acepté, que no lo pude procesar, y viste cuando uno lo niega y dice “estoy regia, estoy bárbara, a mí nada me toca” y después queda todo ahí atascado, hecho un nudo... Porque candidatos hay, pero no hay caso, no te gustan, le gustan a todas tus amigas, todo el mundo dice “éste es fantástico”, y vos no, hasta que te das cuenta de que hay que hablarse a uno mismo con sinceridad y decir: “Mirá, acá sufrí, quedé dada vuelta, vamos a pasar por todo esto, vamos a expresarlo”. Creo que a partir de reconocer lo que a uno le pasa es donde uno empieza a desanudar.

CL: — Sí, pero el problema es que a vos te conoce todo el mundo, a mí me conocen varios también, somos el centro de este quilombo que tenemos. Esto le pasa a otra persona y sufre igual que nosotros, todo igual, pero se entera su amigo y ella o él, vos lo que contás o a mí lo que me pasó, era el centro de mi grupo de gente, y es una carga terrible.

GA: —Es verdad, además quien te conoce y se acerca a vos tiene como una burbuja psicológica y no se toma el trabajo de ver quién sos. Sos una especie de dibujito, de holograma, salís de ahí y te dicen “¿pero a vos te pasa esto? con lo bien que te va en tu carrera”. Sí, me va bien en todo, pero cuando me dan un sopapo me duele, y cuando me humillan, me duele. Las divas, estas mujeres exitosas que somos tenemos que afrontar una pérdida como el amor, el abandono, que te deje un hombre, eso me pasó con Matías (Alé), porque fue un amor muy grande, yo lo amé muchísimo.

CL: —El que te mira de afuera dice “no, no es”.

GA: —No daban dos pesos por este amor, pero fue un amor que duró 9 años, y yo me llevé puesto al mundo por él, me opuse a los mandatos, como vos decís, le llevaba 25 años, decía: “Pero, un hombre hace esto, y porque lo hago yo me dicen de todo”. No me costó, porque realmente lo amé muchísimo y con toda mi alma, pero el momento en que él me deja fue muy difícil para mí, primero porque no podía aceptar que un hombre me abandonara a mí, ¿a mí?

CL: —A la diva, al Himalaya.

GA: —Encima al año siguiente nos convocan para un programa donde él estaba con su novia, y yo no expresaba el dolor que me producía verlo de esa manera. Recuerdo éste baile del barro donde se tocaron y ella inclusive puso la mano sobre la bragueta de él, fue algo muy duro, yo sentí que tenía acá un dolor. Cuando me separé, todas las mañanas me dolía acá, era un ardor… Y decía, no, acá no pasa nada, y después en el programa, por más que estábamos separados, era un sufrimiento horrible. No haberlo reconocido me llevó a un estado espantoso, a una depresión muy grande. Cocho, yo estuve con antidepresivos durante 10 años.

CL: —Inimaginable.

GA: —En ese programa donde yo brillaba y me hacía la mala, era un animal herido: me tocaban y me salía la ira, sólo que para otro lado. Tenía mareos, vértigos, volvía a casa los sábados y tenía una amiga que venía con la palangana y la toalla porque vomitaba. Y pese a todo eso, al dolor emocional, a estar descompaginada físicamente de una manera horrenda, todavía no me podía decir a mí misma: “Gracielita, te pegaron un par de sopapos, estás hecha pelota”, y eso alargó un proceso que tenía que haber superado más rápido. Lo superé y no estoy con ninguna cuenta pendiente, ningún resentimiento, le deseo a Matías lo mejor, no necesito que me pida disculpas, no se trata de eso, se trata de poder contar mi vivencia, este dolor espantoso, y decir “¿Ustedes creían que yo estaba fenómena? Soy una imbécil, estaba hecha bolsa”. Y como una imbécil, no sé qué hacía, era un desastre, veo programas y digo “¿Qué estoy haciendo?”

CL: —¿Y si viene el amor y te golpea la puerta de nuevo y te dice “hola, soy yo otra vez, te toca ahora a vos”, como me pasó a mí?

GA: —Yo dije: “No, ahora estoy fría, ahora la pelota la manejo yo, salgo cuando quiero, entro cuando quiero, chongueo, no me llaman, no me importa, llaman, no llaman”. Pero hay un momento en que uno dice: “Quiero volver a sentir, quiero meterme en el barro de las emociones de nuevo”. Sufrí mucho, pero tengo ganas de nuevo, yo creo que es el principio. ¿Vos te consideras un tipo de suerte, no?

CL: —Sí, yo volvería a vivir nuevamente esta vida que estoy viviendo. Laburo para ser un tipo de suerte, trabajo, pongo fichas en mis hijos, todo el día estoy haciendo cosas.

GA: —Porque la vida es un laburo, un laburo lindo.

Confesiones Graciela Alfano Cocho López
"Me enamoré de vuelta a los 67 años, cuando no lo esperaba. Ella viviía en nuestro barrio y hacía el pool del colegio de mi hijo. Yo no sabía quién era ni ella sabía quién era yo porque había vivido muchos años en Ginebra" (Franco Fafasuli/)

CL: ¿Qué es el amor? ¿Cómo se explica? ¿Cómo lo cuento? No tengo ni idea, sé que me levanto un día en casa, Francisco 15 años, me dice: “Qué contento estás, ¿conociste a alguien?”. Le digo: “Bueno, sí, te voy a contar, la verdad que sí, pero vos la conocés”, porque Verónica vivía en el barrio donde vivo, y hacía el pool del colegio y lo llevaba a Francisco. Yo no sabía quién era, ni ella sabía quién era yo, porque vivió toda la vida en Ginebra, vino a la Argentina por temas de negocios, y su hija era compañera de Francisco, por eso hacía el pool. ¿Y cómo se dio cuenta mi hijo de que yo estaba enamorado, estaba bien? O sea, evidentemente hay algo que sale, un monito que está arriba que te descubre.

GA: —Yo creo que es algo que tenemos y que si eso empieza a fluir estamos contentos y si queda atascado es lo que nos hace vivir en un infierno. Yo te veo con esta energía, me reconozco, me identifico, yo no sé de dónde lo saco pero me levanto y tengo ganas de todo, ¿los amigos qué rol juegan en eso?

CL: —Son muy poquitos. Después de que me separé dije, “bueno, me tocó la época de Mesa de Noticias”, que me divertía tanto lo que hacía Gustavo Yankelevich y toda la banda; después me tocó Videomatch, imaginate, soltero, separado. Gustavo viene y me dice: “¿Te acordás de lo que hiciste en Mesa de Noticias? Bueno, voy a hacer un programa de las doce de la noche a una”. De doce de la noche a una en televisión estaban las rayas. Y me dijo: “Lo único que te pido, Cocho, es que hagas lo que quieras, divertite como hiciste todas las veces”. Pero yo era soltero, nunca me imaginé que iba a conocer a otra persona y me iba a casar, porque no me había casado con Mónica.

GA: —Ustedes tenían una idea con eso de no casarse.

CL: —No, porque primero no había divorcio. Después salió el divorcio, cuando conocí a otra persona mucho más joven que yo, que fue Andrea, con la cual tuve un hijo fantástico, que es Francisco. Nunca me imaginé todo esto en mi vida, yo tenía el mandato de Lucía sentada arriba de la falda de Paco, entonces esos dolores te quedan tanto tiempo que nunca se terminan.

GA: —Pero es que a vos nunca se te notaron dolores, por eso te decía, ¿había un amigo, algo, en quien vos te apoyaras?

CL: —En mí, mucho en mí. Mi padre jamás se quejó de nada, nunca habló de que le iba mal o bien, y yo aprendí eso, traté de quejarme muy poco. Y la vida me llevó, otro traspié, me tuve que separar, a los 65 años, ¿sabes lo que es a los 65 años decir “me separo de una persona”? Porque Cochito es mi papá, Juan Manuel, que tiene 41, 42, es mi papá, y me dice: “¿Cómo te vas a separar, a vos te parece, tenés un hijo?”. Le digo: “Juan, la vida me pone en esta posición y yo tengo que aceptarla y decido”. Un gran director de equipo mío, el inglés, me dijo una vez: “Por ser valiente, me tocó y tengo lo que tengo, por no ser valiente, me tocó y tengo lo que tengo, vos tenés que ser valiente”, y esas palabras me marcaron muy fuerte, nunca me arrepentí de tomar decisiones. Como le digo a los chicos: “Flaco, por arriba del asfalto, cuando vas a la banquina, vení para el asfalto, si te fuiste a la banquina no volvés más y encima te podes matar, por arriba del asfalto”.

GA: —¿Nunca te fuiste a la banquina?

CL: —No, si toqué la banquina, me di cuenta y dije: “No, la vida para mí va por el otro camino, me va bárbaro por el que vengo”. Y la vida me puso adelante otra persona, y yo a los 67 años me volví a enamorar. Es muy lindo ver la cara del amor como cuando tenía 30 años.

GA: —Yo creo que tiene que ver con haber tenido también una infancia con un padre que, por más que no hablaba, estaba ahí, y con una madre sentada arriba de un padre; esa postal me encanta porque es una pareja amándose, y esa mamá que bailaba feliz hasta los 95 años. Te escucho y es como que me llevás a un viaje, a un país que no conocí, con un padre que estaba, que te da mandatos. Para mí, para los que no lo tienen o no lo han tenido, es amar el abandono, el dolor, decirle a la vida “está bien, ¿yo quién soy, vida, para decirte cómo tenés que ser?, esto es lo que tocó, esto es así”. Porque a la vida no le podemos decir cómo tiene que ser, es así.

CL: —Es que es lo que te toca y lo que hay, y vos hacés con eso lo mejor que podés. Nadie te puede criticar si realmente pensaste que era lo mejor.

GA: —Yo por necesidad hace rato que ejerzo la sutileza de cagarme en la opinión ajena. No me interesa, pero porque para caminar tuve que hacerme alguien, ¿vos desde el campeón cómo te llevás con eso?

CL:Había que ser Superman, chocabas, salías caminando y salía Superman... ¿Qué Superman? ¡Un culo de la protección divina! Volqué en Balcarce o en Europa, no me acuerdo, con Quique, en esos años también, en el 79, cuando empecé a dar vueltas… Pero yo nunca creí que era Superman: sabía que tenía que cuidarme el físico, ser un atleta, pensar bien, porque si me equivocaba, me mataba, esa era la pequeña diferencia entre jugar al fútbol y correr carreras de autos.

GA: —La vida y la muerte.

CL: —Y también ante las cámaras, ante el público, uno siempre cree que debe demostrar un poquito la masculinidad, pero realmente cuando ponés la nuca sobre la almohada, el miedo siempre está. Se baja del auto cuando te subís, no viene conmigo, se baja piola. El miedo es muy inteligente, se baja por las dudas y me deja solo. Yo también empecé a manifestarlo después de muchos años de carrera, tenía necesidad de decirlo porque la gente creía que yo era loco…

GA: —Pero es lo que cree todo el mundo, yo los veo a ustedes y digo “estos pibes…”

CL: —Están locos. Yo he perdido grandes campeones al lado mío, se han matado Roberto Mouras, íbamos juntos, yo iba 7 segundos atrás de él, frenó, una tontería, frenó, se le corrió el auto, ¡pum!, le pegó a un montículo de tierra que los organizadores, unos imbéciles, habían dejado ahí, y se mataron los dos, y de la muerte de él a la mía pasaron 7 segundos.

GA: —Podrías haber sido vos.

CL: —Cuando llegué, tiré el casco, me puse a llorar de la bronca: “¿Cómo puede ser que dos tipos se maten así en forma tan idiota?”

Confesiones Graciela Alfano Cocho López
"Yo pasé hambre, pero no porque no había plata en mi casa, sino porque me quedaba fines de semana sola, con 3 años. Recuerdo comer leche condensada, la tomaba con una pajita tratando de no cortarme por los bordes, o un huevo crudo, pero que, cuando lo rompía, se caía al suelo y no podía comer del suelo" (Franco Fafasuli/)

GA: —¿Y esa imagen no te volvió cuando subías?

CL: —No, porque yo me iba a entrenar para saber que lo tenía que hacer bien y que no me pasara. Y confiaba mucho en mí, pero nunca fui un loco, yo sabía lo que podía pasar y desarrollaba una pasión que me llevó a vivir toda mi vida: la pasión de los autos, con amigos, con los hijos, la pasión del amor. Gracias a Dios hoy tengo la misma pasión que tuve desde que tengo uso de razón. Hoy vos me contabas del abuso que sufriste, pero, ¿cómo eras a los 4 años?

GA: —Yo no vuelvo ahí, ¿eh?

CL: —No importa, pero tenías 4 años.

GA: —Tenés razón, nunca hay que dejar a la niña esa que pintaba montañas de colores, esa que le gustaba bailar y cantar frente al espejo; me acuerdo que me encantaba Rita Pavone. Esa niñita no fue una niñita querida, no fue buscada; mis padres no querían ser padres, mi papá creía que iba a faltar alimento en el mundo y que no había que tener hijos, y a mi madre no le interesaba ser mamá. Cuando mi padre, que era ingeniero civil, se va al Chaco a hacer el catastro de la ciudad de Resistencia, conoce a una mujer allá y se enamora. Habían pasado 10 años de casados y él se queda allá dos y desarrolla esta relación, y mi madre, paralelamente, tiene otra relación con quien después iba a ser su marido. Pero ella quería tener a los dos, como Doña Flor, entonces, la forma de atraerlo era quedarse embarazada. Ahí se queda embarazada de mí, yo vengo a este mundo con mi padre biológico en el Chaco, y ahí empieza una carrera difícil, porque me convertí en el instrumento que tenía mi mamá para manipularlo, para traerlo, para manejar ese amor que ella sentía. Y lastimosamente, descubrió que el hecho de que yo estuviera enferma, hacía que mi papá viniera, entonces me operaron de apendicitis, un apéndice sano, me sacaron unas amígdalas sin anestesia, que eran amígdalas sanas, en un momento casi me cortan mi pierna izquierda que estaba solamente inflamada y me salvó una tía. Nunca supe cómo lograba mi madre convencer a un médico para operarme una pierna que con dos antiinflamatorios y en 48 horas quedó bien.

CL:—¡Una locura!

GA: —Otras cosas pasaron, yo pasé hambre, pero no porque no había plata en mi casa, sino porque me quedaba fines de semana sola, con 3 años, menos también. Recuerdo comer leche condensada, la tomaba con una pajita tratando de no cortarme por los bordes, o un huevo crudo, pero que, cuando lo rompía, se caía al suelo y no podía comer del suelo. Recuerdo haber ido con unas vecinas que me escuchaban llorar, pero que cuando llegaba mi mamá se enojaba mucho porque no quería que yo saliera de casa mientras no estaba. Y sumado a esto, había un vecino que era un señor muy serio, uno de esos señores que vos decís qué buena persona, a quien mi madre le dejaba la llave para que me vaya a buscar al jardín de infantes y me llevara a mi casa, y me abusó sexualmente desde los 4 años hasta los 7. Esto me gusta contarlo porque siento que hay chicos que hoy están pasando por éstas circunstancias. Yo le contaba a mi mamá lo que hacía, pero se lo decía con inocencia, porque que un hombre me muestre su sexo para mí era como si me mostrara una mano… O cómo se masturbaba, no era algo que yo entendiera bien, ni siquiera cómo explicarlo. Recuerdo que me besaba y me ponía la lengua y recuerdo el olor a cebolla, que era algo que a mí me parecía asqueroso. Yo hablaba de eso con mi mamá, pero nada pasaba. Yo creía que eso estaba bien, porque un niño no sabe cómo tiene que tocar un adulto, yo no sabía…

CL: —¿Pero tu mamá cuando te escuchaba qué pensaba?

GA: —No sé qué pensaba, el tema es que empiezo el jardín, y hago lo mismo con mis compañeritos, quiero tocarlos, quiero besarlos, hacer cosas, entonces ahí recuerdo que me señalaban, que había un gran rechazo a mí. Llamaron a mi mamá varias veces, un día me dijeron “ésta nena es asquerosa”, eso no me voy a olvidar. No querían que vaya a la casa de otros nenes, otras nenas, porque era la nena asquerosa. Ahí empecé a entender que lo que me hacían no estaba bien, porque cuando yo lo hacía me retaban. Pero mi mamá no escuchaba, de hecho lo negó hasta grande. Y un día viene mi papá a Buenos Aires, estaba este señor, que tenía una gran impunidad porque hacía lo que quería y nadie me escuchaba, y ahí me animé y le dije. Y mi papá me llevó con mi mamá, y esa misma noche fuimos a dormir a un hotel. Fue un tiempo que estuve en un hotel con mi madre, mi padre. Y mi papá compró un departamento en Belgrano. ¿Qué pasó? Nunca supe, yo supe que mi papá me sacó de ahí, o sea que eso, esa imagen del hombre, fue un cordón umbilical que pude tocar con ese hombre que fue quien me defendió y me sacó de ese desastre.

CL: —Fue el único que te respaldó.

GA: —Es así. Cuando compré mi primer auto que fue un Peugeot 504, tenía 19 años, y lo primero que hice fue ir a esperar a éste hombre a la salida de esa casa donde ya no vivía yo, y tuve pensamientos muy oscuros.

CL: —Bravísimo, ¿lo encontraste?

GA: —No, por suerte nunca salió, si hubiera salido, no sé qué hubiera sido de mi vida. Yo digo que mi padre me regaló su muerte, mi padre murió asesinado cuando yo tenía 12 años, quedó caratulado como un suicidio en el Chaco, pero el arma que tenía en la mano no era la bala que tenía en el corazón, todas las cartas estaban con letra que era falsa, y cuando mi madre va a buscar el cadáver le dicen: “Mire, señora, que no se escuche más el apellido Alfano en la Argentina, en el mundo, en ningún lado”. Y a mí nadie me llama Graciela, me dicen Alfano. Pero yo digo que mi padre me regaló la muerte, porque ahí mi mamá me soltó, yo ya no era más su herramienta para torturarlo.

CL: —Para conseguir que vuelva.

GA: —Fijate lo que fue la alquimia, porque mi madre me miraba cuando alguien le decía que tenía una hija linda, y yo decía: “Tengo que ser la más linda, porque llamo la atención de mi mamá”. O cuando me sacaba buenas notas, y yo decía: “Me parece que a mi mamá le gusta que me saque buenas notas”, y me convertí en la mejor del colegio, 10 de promedio en la facultad, estudiaba y estudiaba. Somos personas con suerte, porque esta misma historia podría haber resultado en un desastre y sin embargo, de alguna manera, pude salir de esto logrando cosas y avanzando. Hace poco, un maestro me dijo: “Tenés que hacer público todo lo que hiciste y toda la lucha que tuviste, ya fuiste linda muchos años, ahora que sepan cómo viviste, porque mucha gente a partir de esta vida tuya se va a agarrar y va a poder salir”.

Confesiones Graciela Alfano Cocho López
Íntimos, se animaron a contarse sus grandes dolores y alegrías en el escenario del Teatro Coliseo (Franco Fafasuli/)

CL: ––Grace, ahora que hablaste de los chicos, de los nietos, siempre con Verónica charlamos y la vemos a Mónica pegada a sus nietos, a León y a las que tengo en Nueva York, a las hijas de Nati y de Luli, y Mónica está perdida dentro de ese mundo. Pero los padres, los varones de mi generación por lo menos, volvemos a repetir con los nietos lo mismo que hacíamos con los hijos, siempre está el abuelo, pero hasta ahí. Como que yo estoy esperando que crezcan un poco más. Y veo que la abuela se divierte mucho más cuando son chiquitos, ¿por qué no me pasa?

GA: —Estas cosas tenés que dejarlas que fluyan, yo crié tres hijos varones extraordinarios, los quiero con toda mi alma, pero Nina me lleva de la nariz, así directamente, hace de mí lo que quiere. El otro día, recién habla media lengua porque tiene un año, le preguntan “¿Cómo te llamas?”, “Nina”, “¿Cuántos años tenés?”, “Uno”, y yo le hago repetir eso y me puedo quedar horas. O está con el monopatín y yo digo: “Ay, pero qué genia ya pone los dos pies arriba, ¡esta chica es increíble!”. Estamos gagá, estúpidos, yo siento que el abuelazgo me pegó. Cuando me dicen “¿cómo querés que te diga?”, yo digo: “abuela Grace”. Me encanta que me diga abuela. Vos dijiste en varias oportunidades “que te volviste a enamorara los 67″, ¿sabés qué digo yo? ¡Que tengo 20 con 48 de experiencia! ¿Te pega el tiempo, Cochito?

CL: —Le va a pegar a los que vienen atrás, que son los que tienen que hacer todo lo que yo ya hice. Yo espero seguir corriendo la carrera que es esto, la pasión de la vida. Grace, la gente piensa que la vida es una cosa difícil, y no, la vida es la que vos, de lo que te tocó, elegís, y le metés esa pasión y le das para adelante.

GA: —Tengo que decirte que te conozco hace mucho tiempo, y hay una nota en tu vida que es eso: la pasión, las ganas de vivir, pero si hay algo que saqué de esta entrevista es que, no sólo veo un gran tipo, sino que veo a un hombre maduro con un niño adentro con muchas ganas. Y qué ganas tengo de que nos volvamos a ver de nuevo, pero de disfrutar de esa energía que tenés.

CL: —Son confesiones, son confesiones, Grace

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